La clase a la que me remito se
desarrolló en el último año en la universidad. Ocurrió con una profesora, que
ya desde el primer día, movió todos los cimientos e ideas que, tanto mis
compañeros y compañeras como yo, teníamos como referente educativo.
Yo estudié pedagogía, con lo que
toda la carrera giraba en convertirnos en formadores y educadores en todos los
niveles, pero todos mis profesores nos explicaban y nos evaluaban sobre
numerosas teorías educativas y de aprendizaje, sobre metodologías,
políticas, éticas educativas, historia de la educación, etc. Pero todos ellos,
de un modo o de otro, con unas herramientas o con otras repetían la educación
tradicional.
Respecto a la experiencia que voy
a comentar, se trataba de una profesora, que ya resultaba diferente en la manera
de vestir, y desde ahí, ya nada sería igual. Concretamente, en esta experiencia,
la profesora trató de hacernos ver cómo era una clase en la que el alumnado
realmente tenía las riendas del aprendizaje, donde este era el verdadero autor
de su formación, sin importar el contenido de la actividad, lo importante era
la forma de trabajo. Se desarrolló de la siguiente manera:
Llegamos a clase, y vimos unas
listas en la puerta del aula, y esta estaba cerrada con llave (las clases jamás
estaban cerradas con llave en la universidad). Ello, nos obligó a leer lo que
había en esas listas, eran nuestros nombres, y justo a su lado había un símbolo,
que no sabíamos identificar. Así captó nuestra curiosidad.
A los pocos minutos, llega la
profesora, saluda y entra en el aula, y todos detrás. Nos encontramos un aula
con todas las mesas y sillas movidas de sitio, pero ordenadas por grupo y en
cada mesa, uno de los símbolos que aparecía al lado de nuestro nombre, así cada
uno se dirigió a la mesa en cuestión, a la que siguió llegando más gente, y se
formaron grupos de trabajo.
En el centro de la mesa, solo el
símbolo y un sobre. Fuera del sobre solo aparecía escrito “ábreme cuando avise
la profesora”. Allí estábamos todos expectantes. Y esta solo dijo: -¡estamos
todos!, ¡abrid los sobres y comenzad!. Dentro del sobre, las indicaciones
justas para resolver la tarea que contenía, indicaciones muy escuetas, pero muy
claras y sencillas.
Al abrir el sobre una tarea,
distinta en cada grupo, que cada grupo debía resolver, cada 10 minutos, cambiábamos
de mesa y al dar toda la vuelta, habíamos realizado una serie de tareas
interconectadas entre sí, que cada una formaba parte de la anterior. No importa
porque tarea empezabas, ya que cada una de ellas, era el inicio de nuestra
formación de ese día, pero debías completarlas todas para tener la formación completa,
tejiendo una enorme red de conocimientos.
El papel de la profesora estaba
limitado, a avisarnos cada 10 minutos para el cambio, y al finalizar todo, para
guiar la puesta en común, en la que solo ejercía como moderadora. Y nuestro
papel fue el de trabajar a nuestro ritmo, apoyándonos unos a otros, para
avanzar todos en un trabajo cooperativo, donde no importaban los ritmos
individuales, porque íbamos todos a una.
Respecto a la evaluación de la
tarea, no nos importó hasta que la profesora preguntó: -¿Cómo creéis que os he evaluado? Era algo, que ni nos planteamos,
ya que estábamos tan entusiasmados en nuestra tarea de aprender, que nos olvidó
la evaluación. En este caso, aprendimos por el puro placer de hacerlo, por
saciar nuestra curiosidad, sin importar la nota numérica que pudieran
otorgarnos.

Muy interesante la clase que cuentas, gracias por compartir.
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