viernes, 20 de enero de 2017

MI CLASE INOLVIDABLE.

La clase a la que me remito se desarrolló en el último año en la universidad. Ocurrió con una profesora, que ya desde el primer día, movió todos los cimientos e ideas que, tanto mis compañeros y compañeras como yo, teníamos como referente educativo.

Yo estudié pedagogía, con lo que toda la carrera giraba en convertirnos en formadores y educadores en todos los niveles, pero todos mis profesores nos explicaban y nos evaluaban sobre numerosas teorías educativas y de aprendizaje, sobre metodologías, políticas, éticas educativas, historia de la educación, etc. Pero todos ellos, de un modo o de otro, con unas herramientas o con otras repetían la educación tradicional.

Respecto a la experiencia que voy a comentar, se trataba de una profesora, que ya resultaba diferente en la manera de vestir, y desde ahí, ya nada sería igual. Concretamente, en esta experiencia, la profesora trató de hacernos ver cómo era una clase en la que el alumnado realmente tenía las riendas del aprendizaje, donde este era el verdadero autor de su formación, sin importar el contenido de la actividad, lo importante era la forma de trabajo. Se desarrolló de la siguiente manera:

Llegamos a clase, y vimos unas listas en la puerta del aula, y esta estaba cerrada con llave (las clases jamás estaban cerradas con llave en la universidad). Ello, nos obligó a leer lo que había en esas listas, eran nuestros nombres, y justo a su lado había un símbolo, que no sabíamos identificar. Así captó nuestra curiosidad.

A los pocos minutos, llega la profesora, saluda y entra en el aula, y todos detrás. Nos encontramos un aula con todas las mesas y sillas movidas de sitio, pero ordenadas por grupo y en cada mesa, uno de los símbolos que aparecía al lado de nuestro nombre, así cada uno se dirigió a la mesa en cuestión, a la que siguió llegando más gente, y se formaron grupos de trabajo.

En el centro de la mesa, solo el símbolo y un sobre. Fuera del sobre solo aparecía escrito “ábreme cuando avise la profesora”. Allí estábamos todos expectantes. Y esta solo dijo: -¡estamos todos!, ¡abrid los sobres y comenzad!. Dentro del sobre, las indicaciones justas para resolver la tarea que contenía, indicaciones muy escuetas, pero muy claras y sencillas.

Al abrir el sobre una tarea, distinta en cada grupo, que cada grupo debía resolver, cada 10 minutos, cambiábamos de mesa y al dar toda la vuelta, habíamos realizado una serie de tareas
interconectadas entre sí, que cada una formaba parte de la anterior. No importa porque tarea empezabas, ya que cada una de ellas, era el inicio de nuestra formación de ese día, pero debías completarlas todas para tener la formación completa, tejiendo una enorme red de conocimientos.

El papel de la profesora estaba limitado, a avisarnos cada 10 minutos para el cambio, y al finalizar todo, para guiar la puesta en común, en la que solo ejercía como moderadora. Y nuestro papel fue el de trabajar a nuestro ritmo, apoyándonos unos a otros, para avanzar todos en un trabajo cooperativo, donde no importaban los ritmos individuales, porque íbamos todos a una.

Respecto a la evaluación de la tarea, no nos importó hasta que la profesora preguntó: -¿Cómo creéis que os he evaluado? Era algo, que ni nos planteamos, ya que estábamos tan entusiasmados en nuestra tarea de aprender, que nos olvidó la evaluación. En este caso, aprendimos por el puro placer de hacerlo, por saciar nuestra curiosidad, sin importar la nota numérica que pudieran otorgarnos.

Fue la primera vez, en toda la carrera, donde descubrí la motivación y la cooperación al 100% en un aula.


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